“La arena de los relojes hizo crecer el desierto”

El pequeño Bamba nos mira desde el marco de la puerta mientras hacemos las maletas a toda prisa. En medio de un “esto lo dejo, esto me lo llevo” a contrarreloj, le guiño un ojo y viene a darme uno de sus últimos abrazos, con una sonrisa mágica, que parece no borrársele nunca. Las tres vestimos las melfas que Fatma, nuestra madre saharauí, nos ha regalado, sacadas directamente de su jaima (“No me ha dado tiempo a compraros nada en el mercado”, se lamenta). Nos están evacuando porque su casa, el campamento donde vive, ya no es seguro para nosotras, y a ella parece preocuparle más no colmarnos de regalos que quedarse sola, una vez más, en un desierto olvidado.

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Con lágrimas de rabia en los ojos, nos subimos al jeep que nos llevaría, en teoría, a Rabuni, donde tendríamos una reunión informativa con algún representante de Protocolo del Frente Polisario. En el cruce que parte la carretera en dos, y desde el que se ve divisa la ciudad, eje de la política saharaui, el conductor gira el volante hacia la derecha y cambia de ruta. “¿Rabuni?”, le preguntamos. “Tindouf”, responde. Nos llevan directamente al aeropuerto. Pedimos explicaciones al hombre, que trata de decirnos en hassanía con retazos de español que él solo recibe órdenes de arriba.

En el mostrador de embarque nos piden dinero por cambiar el billete de vuelta. Nos negamos a pagar. El avión sale en menos de una hora. El delegado del Frente Polisario coge nuestros pasaportes y vuelve a los pocos minutos, con nuestros billetes. Rumbo a Argel, ya no hay marcha atrás. Sabemos porqué nos vamos. Estábamos informados de la situación en Malí y en Argelia, en la frontera con Libia. La guerra, el secuestro de la planta de gas, el precio de un pasaporte occidental en mitad de un conflicto y el peligro que suponía quedarnos en los campamentos como moneda de cambio, no solo para nosotros, también para ellos. “Si no lo hacéis por vuestra seguridad, hacedlo por la del pueblo saharaui”, nos llegaban las palabras de responsables de Protocolo. En Argel, mismo problema: 5.000 dinares por viajar a Madrid. De nuevo nos negamos, así que el delegado del Frente Polisario que nos acompaña hace unas llamadas, se va a la embajada saharaui y vuelve a la hora. Unas gestiones en el mostrador de facturación, y volvemos a España.

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Del siroco a la lluvia, en menos de 24 horas. Chove en Santiago, y sentada en el suelo de mi casa, con calefacción y ducha caliente, pienso en que hace unos días tenía que coger una linterna para ir al baño y abrigarme al salir hacia el colegio con varias capas, que me sobrarían horas después al volver a casa bajo un sol abrasante. La semana pasada tardaba en meterme en la jaima por la noche, boquiabierta ante un espectáculo de estrellas que se apelotonaban en un cielo infinito.

También pienso en los sacos de ayuda humanitaria, que llegan una vez al mes a los campamentos, en la falta de higiene, en el deterioro de la sanidad, y en la precariedad de la educación. Pienso en las mujeres del desierto y su rutina, su fuerza, su lucha. Pienso en los chavales, algunos tan abrigados que solo dejaban asomar los ojos, en unas clases heladas hasta que el sol las calentaba a eso de las 2 de la tarde; en mi cara el primer día cuando me preguntaban si podían salir a pedirle el cuaderno a un compañero, porque no tenían dónde coger notas; en el siroco, que se metía por puertas y ventanas, que había que dejar abiertas para que entrara un mínimo de luz. No, el desierto no es lugar para que crezca un niño.

DSC_0298Esta experiencia, acortada injustamente por una guerra que no es la suya, solo me da ganas de seguir en la lucha. De esperar, como me enseña el pueblo saharaui, al que 38 años de paciencia no han conseguido mermar su fuerza. De seguir juntos, gritando por una causa que no está perdida. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

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¡Sáhara hurra!

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Completo esta entrada con los relatos de dos compañeras cooperantes, Serlinda Vigara y Alba Villén.

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