Los niños de la Terminal

“Me levanto a las tres, voy a la tienda, a las ocho entro en clase y cuando salgo, a las doce, ordeno trastos en la tienda de una señora, hasta las siete de la tarde. Me pagan unos 15 o 20 quetzales diarios, pero me dan la comida todos los días, de lunes a domingo”. La que habla es Alicia, tiene 12 años, menuda como se puede ser con 65 libras -29 kilos-. Trabaja en una venta de aparatos eléctricos en el mercado de la Terminal, zona 4.

Ella es una de los 400 la terminalniños inscritos en el Programa de Educación de Niños, Niñas y Adolescentes Trabajadores (PENNAT) en mercados del país. En los tres centros de la Terminal, la organización ofrece educación a 125 alumnos inscritos.

 

Financiada por Save the Children y la ONG alemana THD tiene contabilizados unos 3 mil 500 menores trabajadores en ese mercado. Más allá de esta cifra, ningún otro organismo ha realizado un censo en el lugar. Ni el Ministerio de Trabajo, ni el Procurador de Derechos Humanos (PDH, ni la Procuraduría General de la Nación (PGN) ni la propia municipalidad tienen un registro de cuántos niños  se ocupan allí cada día.

Erick Cárdenas, procurador de la niñez de la PGN explica que “la multisectorial es la que tendría que llevar el recuento de zonas tan concretas”, pero “esto no ocurre en el caso de la Terminal”.

En PENNAT se lamentan de ser “la única organización que trabaja en el mercado”. “La municipalidad apoya algo”, por ejemplo, cediendo uno de los centros, pero la ONG tiene que hacer números para estirar su presupuesto.

El gobierno de la ciudad tiene proyectos para paliar el problema del trabajo infantil, como “el programa que desarrolla en el basurero de la zona tres” asegura Cárdenas, o “los cursos de tres meses para que los jóvenes aprendan a desarrollar actividades útiles para su futuro”, comenta Rosario Ramírez, psicóloga de la Unidad de Maltrato de la PDH.

En la municipalidad explican que con el Programa de atención a niños y niñas en riesgo de calle, “se cuenta con educación formal escolarizada” en las tres casas de atención, de la que se benefician “500 niños de 1 a 17 años”. Pero estos centros están localizados en la zona 1, lejos del la Terminal, donde no se centra ningún proyecto del gobierno.

 

Del trabajo a la escuela, de la escuela al trabajo

“Tratamos de entender la situación de las familias. Muchos niños trabajan porque viven una situación de extrema pobreza”, explica Lenina García, directora de PENNAT. “Aún así intentamos cambiarlo. Es muy difícil hacerles ver a los padres que los niños deben estar en la escuela, por eso intentamos que dejen paulatinamente el trabajo y pasen cada vez más tiempo en el aula”.

Rosario Ramírez, psicóloga de la Unidad de Maltrato de la PDH critica que la precariedad económica justifique que los niños no estudien. “El trabajo infantil limita el desarrollo emocional y social del menor y lo condena a que como adulto no pueda evolucionar laboralmente”, dice.

Sara, una de las educadoras sociales de PENNAT explica que los niños tienen muchas habilidades que la escuela les ayuda a potenciar. La maestra está impresionada con la habilidad de algunos pequeños para sumar y restar, cuando nunca antes habían pisado una escuela.

“Antes de ponerlo en la pizarra ya saben la respuesta. Tienen mucho cálculo mental”, asegura. Utilizan frijoles, granos de maíz o cajas de huevos para hacer las sumas. Materiales que ellos están acostumbrados a manejar a diario. “Aprenden muy rápido, pero a veces a muchos les cuesta, porque madrugan demasiado y llegan aquí a las ocho sin desayunar. Así nadie rinde”, dice Sara.

Omar tiene diez años y se levanta los siete días de la semana a las cuatro de la mañana para vender diarios en el Obelisco. A las 8 y media toma una camioneta hacia el mercado. Asiste a las clases con Dina, su profesora, y unas tres horas después baja a ayudar a su madre. No quiere dejar de estudiar. “Voy a ser abogado”, sonríe.

Mientras habla, dos niñas pequeñas se acercan a observarlo. Tienen ocho y diez años, y nunca han pisado una escuela. La más pequeña carga una cesta de dulces sobre la cabeza. “Yo no quiero estudiar”, se ríe.

La mayor ayuda a su madre en un comedor, “despachando a la gente”. Dice que cuando sea mayor quiere seguir dedicándose a eso.“Ese es el problema de que los niños no vayan a la escuela”, explica Lenina más tarde, “no tienen visión de futuro”.

“La mayoría vienen de los departamentos”, sabe Lelina. Muchas niñas conservan los trajes regionales. Los chicos son más de camisetas del Barça y el Real Madrid. La directora de PENNAT explica resignada que esto forma parte de la globalización, que llega hasta las zonas más pobres. “Muchos aún no saben leer, pero reconocen perfectamente la de McDonald’s…”.

 

Soluciones al problema

La directora del PENNAT explica que se trata de un “problema de base”. “Los niños trabajan aquí porque es lo que hacen sus padres, lo que ven en casa todos los días”.

“La mayoría de las familias de la calle no tiene estudios, para ellos es normal esta situación”, explica la psicóloga Ramírez. Y precisamente en el hogar, es donde recomienda que empiece la solución: “Los padres deben hacerse responsables del futuro de sus hijos”.

En la PGN, Cárdenas lo secunda. “Cuando recibimos una denuncia, verificamos el entorno y empezamos dando conciencia a los progenitores, con programas como la escuela para padres”

Aún así carga más responsabilidad al organismo público. “Falta el apoyo del gobierno. En la PGN tenemos un presupuesto muy limitado para trabajar con la niñez”, se lamenta. El problema no se limita a la procuraduría, asegura. “Ninguna institución pone a la niñez el interés que debería”.

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